'La prensa libre debe abogar siempre por el progreso y las reformas. Nunca tolerar la injusticia ni la corrupción. Luchar contra los demagogos de todos los signos... Oponerse a los privilegios de clases y al pillaje público... Ofrecer su simpatía a los pobres y mantenerse siempre devota al público'. 'El periodismo verdadero se asegura de no parcializarse jamás, pase lo que pase... Si el periodismo es ético y profesional ofrecerá las dos caras de una moneda, la versión de cada bando en un conflicto, y las mostrará siempre en partes iguales... Si no lo hace, entonces no es periodismo: Es sólo basura, y de la peor clase, es decir, la típica basura que se vende a si misma a cualquier otro interés político o económico distinto de la verdad real de las cosas'. Joseph Pulitzer.

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Remedio de pícaros - Por Raúl Rivero


Remedio de pícaros

Por Raúl Rivero

Los políticos de estos tiempos, sombríos y complejos como todos los tiempos de la vida, han descubierto dos comodines para justificar sus torpezas, disimular las malas gestiones y para permanecer, pase lo que pase, en los palacios presidenciales. El primero consiste en identificar el origen de sus conflictos con una campaña mediática del enemigo. El otro remedio de moda es la convocatoria urgente de una cumbre.

Las culpas de los graves problemas de algunos países van a parar a los medios internacionales de comunicación que, según los promotores de esa teoría, tendrían a sus ejecutivos -uniformados y con pañoletas- a la espera de órdenes superiores y secretas para lanzarse en pandilla sobre sus víctimas.

Ese es el cocimiento que han utilizado los curanderos de la propaganda cubana para defenderse de la reacción que ha provocado en el mundo la muerte en prisión del activista de derechos humanos Orlando Zapata. Es el mismo que dan a beber para tratar de quitarle legitimidad a las demostraciones cívicas de las Damas de Blanco -en las calles desde hace siete años para exigir la libertad de sus familiares condenados por no compartir las pesadillas de los amos- bajo golpizas y linchamientos verbales.

Los responsables de esos actos violentos de repudio no son los personajes que bajan las instrucciones. Ni los policías o los grupos paramilitares que llevan en ómnibus refrigerados a los escenarios de las tánganas. Son los periodistas que la reportan, los analistas que examinan la situación y los cámaras y fotógrafos que los dejan clavados en sus miserias.

Esa banda de desalmados es la que causa ahora en Venezuela la orfandad de los estantes de las tiendas. La desaparición misteriosa de la harina de maíz, la estampida de los porotos y la conversión de las vacas que miraban las nubes en animales sagrados porque ya no hay quien pueda poner un plato de carne en su mantel.

Sí, otra campaña mediática ha producido el desabastecimiento de alimentos básicos y, de paso, ha hecho que las bandas de delincuentes controlen barriadas enteras de Caracas donde se reporta un promedio de cincuenta asesinatos cada fin de semana.

Los líderes son inocentes. La maldad está en quien cuenta esos episodios.

Los jefes se mueven en otros planos. Allá arriba, con los cuates vecinos, con los compadres, concentrados en la preparación de reuniones al más alto nivel. En el torbellino y los debates de las agendas de una, dos, tres, muchas cumbres. En el diseño de la estrategia para derrotar al enemigo con el otro jarabe especial de la época. 
Fotografía: Internet