'La prensa libre debe abogar siempre por el progreso y las reformas. Nunca tolerar la injusticia ni la corrupción. Luchar contra los demagogos de todos los signos... Oponerse a los privilegios de clases y al pillaje público... Ofrecer su simpatía a los pobres y mantenerse siempre devota al público'. 'El periodismo verdadero se asegura de no parcializarse jamás, pase lo que pase... Si el periodismo es ético y profesional ofrecerá las dos caras de una moneda, la versión de cada bando en un conflicto, y las mostrará siempre en partes iguales... Si no lo hace, entonces no es periodismo: Es sólo basura, y de la peor clase, es decir, la típica basura que se vende a si misma a cualquier otro interés político o económico distinto de la verdad real de las cosas'. Joseph Pulitzer.

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Se fue sin conocer a Almodóvar - Por: Iván García


Se fue sin conocer a Almodóvar

Por: Iván García
Desde La Habana 

Le decían Almodóvar. Idolotraba al director manchego, de quien decía era pariente lejano. La gente no se lo tomaba en serio.

Era negro como el carbón y cebado como un elefante de circo. Tenía 69 años cuando una tarde se le rompió el corazón, mientras tomaba aguardiente peleón en la esquina de Carmen y 10 de Octubre, en La Habana.

No era un mal tipo. Limpiaba patios y jardines y arreglaba pilas y tuberías. Bebía mucho y en una pequeña palangana comía cantidades enormes de arroz y frijoles. Si el dinero le alcanzaba, añadía una ración de pollo, pescado o carne de cerdo.

Aparte del alcohol destilado con miel de pulga, le gustaba el béisbol y el cine. Cuando Pedro Almodóvar estuvo en La Habana, pensó seriamente presentarse en el hotel para que el director de Tacones lejanos supiese que en Cuba tenía un pariente negro y pobre que lo idolatraba.

Conocía todas sus películas. La última, Abrazos rotos, la vio varias veces. Pero su película favorita era Todo sobre mi madre. Al verla, salió llorando del cine. Se sabía de memoria los diálogos. El día que Almodóvar obtuvo un Oscar por Mar adentro, lo celebró con ron del bueno. “Mi tocayo es un crack”, decía.

Una tarde cualquiera murió en La Habana. Sin un centavo en el bolsillo. El Estado tuvo que costear su entierro. No pudo disfrutar del triunfo de Industriales, su equipo de béisbol. 

Negro y borracho. Un tipo triste y obeso. Se fue sin conocer a su ‘pariente’ español.