'La prensa libre debe abogar siempre por el progreso y las reformas. Nunca tolerar la injusticia ni la corrupción. Luchar contra los demagogos de todos los signos... Oponerse a los privilegios de clases y al pillaje público... Ofrecer su simpatía a los pobres y mantenerse siempre devota al público'. 'El periodismo verdadero se asegura de no parcializarse jamás, pase lo que pase... Si el periodismo es ético y profesional ofrecerá las dos caras de una moneda, la versión de cada bando en un conflicto, y las mostrará siempre en partes iguales... Si no lo hace, entonces no es periodismo: Es sólo basura, y de la peor clase, es decir, la típica basura que se vende a si misma a cualquier otro interés político o económico distinto de la verdad real de las cosas'. Joseph Pulitzer.

Amigos de Contextus RadioVideo Digital

Amigos Proyecto Contextus en NetworkedBlogs

¿Qué los sueños, sueños son? - Por: Odette Alonso


¿Qué los sueños, sueños son?

Por: Odette Alonso
Parque del Ajedrez
Gaby de la Garza, Ximena González-Rubio y Liz Gallardo 
son Alma, Mercedes y Julia Aparicio

Soñé que sería ejecutada en la silla eléctrica. Pasado mañana. No había matado a nadie ni cometido crimen alguno; me decían que era una especie de sorteo tipo ruleta rusa. “Un error del sindicato”, fue la frase textual. Tal vez era el espejo onírico de la angustia de Don José, el protagonista de Todos los nombres, la novela de Saramago que en estos días me hace ligero y divertido el viaje en metro hacia el trabajo, y de regreso. El respetuoso e incorruptible oficinista, después de su incursión alocada e ilegal en cierto recinto escolar, en medio de un estado febril incontrolable deliraba: No robé nada, no robé nada…. e imaginaba las más abochornantes consecuencias.
Pero no, yo no estaba angustiada. Me parecía un poco injusta la veleidad con que me habían elegido para el sacrificio, pero estaba tranquilísima. Creo que hasta contenta. Al menos seleccionaba con todo cuidado la ropa que llevaría, sacándola del armarito donde la guardábamos de niñas, en el cuarto de María Yodú, junto al comedor de la casa de Santiago. “Brasiere no”, me decía, “mejor un top, que es más cómodo”.
Hablando de sostenes, tal vez la pesadilla —que no lo era tanto— fuera en solidaridad con la situación de las Aparicio, esa familia de mujeres que llena la pantalla de Cadena Tres a partir de las diez de la noche. La matriarca, Rafaela, que fuma tabaco y siempre anda con la boca y el ceño fruncidos, está a punto de entregarse a la justicia por un encargo de asesinato contra su propio yerno, cosa que verían con simpatía y envidia casi todas las suegras del planeta.
A pesar de la trama aderezada con maldiciones, espíritus chocarreros, servicios profesionales de prostitución y sicoterapia, lesbianismo, poliamor y otras intensidades, Las Aparicio es una telenovela bastante aburrida. Odio la voz en off que introduce y concluye cada capítulo con frases filosoficoides y sentenciosas recitaditas a lo Del otro lado del corazón. O a lo Carrie Bradshaw en Sex and the City. O a lo Marie Alice Young en Desperate Housewives. Pero además, las líneas dramáticas se arrastran lentas como culebra vieja, los errores de continuidad hacen olas, la credibilidad de algunos personajes y subtramas está por el piso… Pero las actrices —colirio para los ojos— son tan bellas que parecen bestias fotografiadas por National Geographic o Animal Planet: una potranca, un cervatillo, una gacela púber, una venada, una jirafa, con unas curvas tan pronunciadas y espléndidas que ni la Carretera Central por el Camino Viejo del Cobre. Dejan a uno con vértigo de tanto pestañear, y duermo tan alebrestada —febril como el Don José de Saramago, balbuceando Mercedes, Mercedes— que hasta sueño con la silla eléctrica.
Dada la urgencia sumaria de mi ejecución, no habría oportunidad de viajar a despedirme de Piri y de mi madre, pero tampoco tenía ganas de telefonear a Cuba. Una sola llamada quería hacer, y no sabía si ese día o en la víspera. Caminaba por un pasillo largo y mal iluminado con una Marta Mosquera de la edad y apariencia de los años ochenta, cuando tomábamos café con menta en La Isabelica, y le pedía, ególatra hasta en la muerte: “Ocúpate de que se publiquen mis libros”.
Los verdugos, sentados en la mesa de mi última cena, me concedían el derecho de que dos amigos, un hombre y una mujer, me acompañaran en los minutos finales, pero decidí que ninguno, ni el más fuerte de espíritu ni la más amada, merecía el castigo de presenciar tal espectáculo. Mi rostro retorcido, los ojos desorbitados, la cabeza echando humito, el cuerpo tratando de romper las correas que me ataran. Una muerte tan parecida a mi propia vida.
Si a suplicios nos remitimos en busca de explicaciones, podría ser que esta madrugadora inquietud se debiera al sobresalto de ver los centros comerciales ya decorados para Halloween sin haber pasado las Fiestas Patrias. En cualquier momento empiezan a sonar los villancicos y las risas del gordo noruego —sueco, finlandés o lo que fuera— y yo pierdo la paciencia y el buen humor por todo lo que resta de 2010 hasta que dejen de beber los peces en el río y la Marimorena se regrese a su cueva. Eso… eso sí tiene tintes de pesadilla.
Qué sería de los sueños, me pregunto, si las improntas fisiológicas —gritar, huir, aguar o desaguar— no nos sacaran de ellos tan abruptamente… Adónde iríamos a parar en esa otra realidad paralela, tan real como cualquiera, porque ¿acaso no es la vida un sueño?, como dijera Calderón —el de la Barca, no el enano macabro… De pronto me vi de cuerpo entero, toda vestida de blanco, con la camisa metida dentro del pantalón y un cinturón de hebilla ancha. Y luego, subía la santiaguerísima loma de San Francisco dentro de un carro chiquito, de modelo viejo, que manejaba un muchacho parecido a Iván, el secretario del sindicato de la UNAM. Sentía lo pronunciado de la pendiente y la potencia del motor tratando de vencerla, pero no podía ver el camino.
Desperté cuando pedía que no me sedaran con sueros ni anestesia; quería sentir el corrientazo que me cociera los sesos y los dejara listos para quesadilla. En el instante final, transitando entre la onírisis y el despertar, o tal vez entre el aquí y el más allá, me decía: “Ya sabía yo que era inútil preocuparse tanto por el conocimiento y la superación… ¡Mira cómo va a quedar esa pobre materia gris!” Abrí los ojos y así mismo estaba el día: turbio, oscuro, tormentoso. Como salido de un sueño.