'La prensa libre debe abogar siempre por el progreso y las reformas. Nunca tolerar la injusticia ni la corrupción. Luchar contra los demagogos de todos los signos... Oponerse a los privilegios de clases y al pillaje público... Ofrecer su simpatía a los pobres y mantenerse siempre devota al público'. 'El periodismo verdadero se asegura de no parcializarse jamás, pase lo que pase... Si el periodismo es ético y profesional ofrecerá las dos caras de una moneda, la versión de cada bando en un conflicto, y las mostrará siempre en partes iguales... Si no lo hace, entonces no es periodismo: Es sólo basura, y de la peor clase, es decir, la típica basura que se vende a si misma a cualquier otro interés político o económico distinto de la verdad real de las cosas'. Joseph Pulitzer.

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La otra migración, la de los cubanos del interior hacia La Habana - Por: Iván García


La otra migración, la de los cubanos del interior hacia La Habana

Por: Iván García
Desde La Habana
La migración, de los cubanos del interior hacia La Habana

Es la otra migración. Espectacular y silenciosa. Son los tipos de la Cuba profunda que huyen del fango y el marabú. Escapan de villorios anodinos, donde la distracción es beber ron de cuarta categoría y hablar por las noches en los parques municipales.
Gente sencilla y sin futuro. Su meta es establecerse en La Habana. Y hacer dinero. En el interior, la cosa está que arde.

Pregúntenle a Gilberto y Orestes Novoa, quienes un par de años atrás residían en Nuevitas, Camagüey, a 600 kilómetros de la capital.

Los hermanos Novoa conocen el color de la pobreza. Desde los 14 años sembraban yuca y ají y salían a venderlo por el pueblo. “Si no se ponen a trabajar para el Estado les aplico la ley de peligrosidad”, en tono amenazante les decía el policía del barrio.

Los dos se habían graduado como técnicos en construcción ferroviaria. Pero las ofertas de trabajo eran pocas y mal pagadas: sepulturero, constructor, cortador de caña… Gilberto, el hermano menor, recuerda que cortó caña en condiciones tan duras como las de un esclavo del siglo 19.

A fin de mes, nunca cobró más de 300 pesos (14 dólares). Orestes, el mayor, decidió hacerse albañil. Pronto se convirtió en un maestro. Trabajó en la construcción de hoteles de lujo y después de un tiempo, consiguió un contrato por seis meses en las Islas Canarias, edificando barrios residenciales.

De España regresó con 2 mil euros, una maleta cargada de ropa y zapatos para hijos y sobrinos, un equipo de música y tres botellas de vino.

Ya en la isla, comprendió que currarle al Estado no era un buen negocio. Se dedicó a la albañilería por su cuenta. En un mes malo, se lleva 300 pesos convertibles (360 dólares) a la cartera. Siete veces más de lo que ganaba en una empresa estatal.

Cierto, lo hace de manera ilegal. Pero la ruinosa situación del 60 por ciento de las viviendas en Cuba, convierte el oficio de albañil en uno de los más solicitados y lucrativos. Orestes trajo de Nuevitas a su hermano Gilberto y lo convirtió en su ayudante.

No tienen hogar en La Habana. Como la mayoría de los cubanos del interior que huyen hacia la gran ciudad, en busca de mejoría, viven en habitaciones cuyo alquiler mensual fluctúa entre 30 y 60 pesos cubanos convertibles (40 a 70 dólares).

En la capital sufren el acoso de la policía y de los comités de defensa de la revolución en cada cuadra, dedicados a vigilar a quienes no tienen los papeles en regla. Cuando los descubren, las autoridades los montan en trenes y los deportan a sus provincias de origen. No importa que intenten ganarse la vida sin delinquir, haciendo trabajos que el Estado no realiza.

Desde abril de 1997, cuando el gobierno puso en vigor el Decreto 217, La Habana intenta amurallarse con regulaciones y leyes para desalojar a los ”guajiros” (campesinos) de su territorio. Ha sido inútil. La marea de personas que cada año abandonan sus poblados, es mucho mayor que los 20 mil que anualmente viajan a Estados Unidos.

De manera clandestina, se dedican a oficios que a los capitalinos ya no les gusta hacer. Así, arriesgándose, ayudan a sus parientes en el campo, mandándoles dinero, detergente y jabones, entre otros artículos escasos en el interior del país.

“Guajiros” como los Novoa son tan importantes para los suyos, como para los habaneros lo son sus familiares en el exterior. Por eso, aunque la policía los mande de vuelta a sus terruños, vuelven a intentarlo. La Habana es la primera parada. La segunda puede ser Miami, Quito o Madrid.
Fotografía: Desde La Habana