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No había ni mondongo, ni sopa, ni caldo - Por: Sergio Esteban Vélez


No había ni mondongo, ni sopa, ni caldo

Por: Sergio Esteban Vélez
Columnista Invitado

Con motivo de la reciente visita del poeta ruso Yevgeny  Yevtushenko (Eugenio Evtuchenko) a Medellín, Eduardo Escobar publicó en El Tiempo (el pasado 13 de julio) la columna “Queremos tanto a Evtuchenko”, en la cual rememora la venida de aquel personaje a nuestra ciudad en 1968.

En la citada columna, el nadaísta se refiere a un supuesto mondongo servido para el poeta siberiano en casa de Olga Elena Mattei: “Un sábado, Olga Elena de Arosemena nos invitó a un mondongo. Le leyó un poema trigal. (...) La casa flota en los efluvios del mondongo puesto a reposar en la mesa vestida de encajes. Yo charlo con Mejía Vallejo junto a la sopera. En mi manoteo de nervioso primario (ver la caracterología de Le Senne) meto mi sucia mano en el caldo. Nadie se da cuenta. Me seco a prisa con una servilleta. Y con Manuel nos reímos luego mientras los invitados comían sudado de mi mano derecha”.

Pero eso no fue así.  Como, por muchos años, he tenido el privilegio de ser amigo de Olga Elena Mattei (ya no de Arosemena, desde los años 70), gozo de acceso directo a la fuente de la información más fidedigna sobre el convite de marras.

Sucedió que no fue un almuerzo, en horas diurnas, sino una comida con gran fiesta.  Y no hubo caldo, ni menos mondongo, sino una paella (o cuasi paella).  Los eventos se desarrollaron de la siguiente manera: Olga Elena Mattei, como escritora y conocida intelectual y mujer muy activa en la comunidad, fue invitada por los organizadores de la venida de Yevtushenko (al igual que Gonzalo Arango y Darío Arizmendi), para mostrarle al visitante los mejores lugares de la ciudad y acompañarlo en sus requerimientos sociales y cotidianos. Además, Olga Elena fue escogida para presentar el discurso de bienvenida al poeta, en el gran acto del Paraninfo, y para leer varios poemas de ella sobre la poesía y sobre la visita del invitado a Medellín, en el evento del Teatro Pablo Tobón Uribe (en donde Gonzalo Arango también leyó sus poemas pertinentes).

Cuando llegó la hora de entrar al Paraninfo, la sorpresa fue avasalladora, porque había tanto público (sobre todo estudiantes), que ni siquiera Yevtushenko pudo intentar subir al augusto salón.  Rápidamente, los encargados montaron un tablado con una mesa en medio del patio y ahí treparon al famoso autor.  Desde allí, comenzó a hablar.  Las barandas de los cuatro costados de los tres pisos estaban colmadas de cabezas.  La gente del salón, que también estaba repleto, no entendía lo que pasaba y se quedaron sin ángulo de vista al poeta.  Toda la sesión se realizó desde la mesa-tarima.  Olga Elena, con inteligente modestia, comprendió que era mejor renunciar discretamente a su papel de oradora, ante la evidencia de que a los agitados estudiantes seguramente sólo les interesaba escuchar las palabras del personaje, y guardó humildemente su discurso en la cartera. 

Lo que debía seguir, al finalizar el evento, era el desplazamiento hacia la residencia de Olga Elena, en El Poblado, donde ella tenía preparada una cena para cincuenta invitados. Pero, una vez allí, comenzaron a entrar a la casa grupitos de estudiantes desconocidos guiados por unos cuantos conocidos.  Nada qué hacer.  Ella cuenta que lo único que se le ocurrió fue echarle montañas de arroz extra a la paella y toda clase de tronquitos de carnes y vegetales, de modo que alcanzara para las 80 personas que se hicieron presentes.   Le tocó, entonces, echar mano de todos los platos de la doble vajilla de fiestas, de la del diario, de la de la cocina, de los platos plásticos de los niños y casi de los de los perros.

De manera que Eduardo Escobar no pudo encontrar ningún caldo, puesto que no lo había.

Durante la fiesta, el incidente mayor fue el impasse entre Carlos Castro Saavedra y Yevtushenko.  Este último llegó preguntando por el poeta antioqueño. De inmediato, Olga Elena lo llamó para preguntarle por qué no había llegado.  Cuando él le contestó que no pensaba ir, ella le rogó que fuera, pues Yevtushenko quería conocerlo. Sentado en la cabecera de la cama de ella, lo puso al teléfono, para que hablaran entre los dos.  El poeta visitante le insistió al colombiano, pero este último “se ranchó” en que no quería ir. Olga Elena volvió a tomar el auricular y Castro Saavedra le dijo que definitivamente no tenía ningún interés en conocer al poeta ruso.

Tal reacción del poeta antioqueño decepcionó altamente a Yevtushenko, pues este venía de Chile, donde Pablo Neruda le había recomendado muy especialmente contactar a Castro Saavedra, de quien, además, Yevtushenko, ya había sido traductor.

En los días siguientes, la anfitriona se dio cuenta de que se perdieron algunos libros y documentos de su biblioteca, especialmente algunos que salieron a la palestra durante la reunión.

Tanto en Medellín como en Bogotá, con Olga Elena Mattei, Gonzalo Arango y Dora Franco, Yevtushenko estableció interesantes y cálidos lazos de amistad. (Enlace El Mundo)
Fotografía: Internet